miércoles, 23 de marzo de 2016

Groupies

De la red. 
María lo tuvo claro desde siempre. Quería entrar en ese mundo de focos y bambalinas, vestuarios, sudor y fama. Sabía posar, sabía sonreír, tenía un cuerpo que llamaba la atención y, ante todo, la firme voluntad de entrar.

-Nena, sabes de qué va esto -le decían otras aspirantes apostadas a la puerta de atrás de turbios locales o exclusivas barras de bar-. Si quieres entrar, te va a costar. Esto no es para mojigatas, ni para románticas dulcineas. Esto es ser una furcia pero con glamour. Sin que se note. Pico y pala o pintalabios y condón. Llámalo como quieras.

María no olvidó jamás esa frase. Durante muchas tardes de infructuosa espera, muchas otras sucumbían en llantos porque "él" había pasado sin mirar siquiera, porque "no conseguiría nunca que se fijara en ella"... Y María, calmada, esperaba sin decaer. Porque a ella le daba igual quién. Ella solo quería entrar. Su cuerpo estaba diseñado para el placer, daba igual quién lo usara, siempre y cuando el lugar fuera el idóneo. Y la continuidad, también.

Su madre desde pequeña le había repetido hasta la saciedad aquello de "se han juntado el hambre y las ganas de comer", y ahora que huérfana esperaba quien la alimentara, lo recordaba ansiando encontrar entre los rostros de los múltiples artistas y deportistas, la mirada que acallara el rugir de su estómago hambriento.

Con él fue fácil. Tropezaron "casualmente" en la entrada de un garito donde solo dejaban entrar a los VIPs, y su sonrisa abierta y su escote aún más abierto, abrieron el apetito de aquel músico que, muy conscientemente, la buscaba.
-Llevas tiempo viniendo por aquí.
-Sí, es por ti -mintió María.
Entrar suponía que primero la tenían que meter. Ser sumisa, ser obediente, ser invisible y tan visible como él deseara; ser etérea y ser, sobre todo, una amante de primera, insaciable y complaciente, eran los requisitos que tenía que cumplir para permanecer a su lado. Unas normas no pronunciadas, un pacto tácito que María siguió a rajatabla porque le interesaba.
Y a él durante un tiempo también. Porque el éxtasis no entiende de banderas ni de colores, gira en espiral y cuando se detiene, apunta hacia otro lado. De la noche a la mañana, él ya no buscaba sus pechos, ni sus orgasmos, ni su sombra. El acuerdo se había roto también sin palabras, como si el nuevo tropiezo también entrara dentro del plan inicial. Y nada de numeritos. Haber entrado implicaba formar parte de quienes firmaban la ley del silencio, la doble moralidad. Las tres pautas: ver, oír y callar.

"Nena, furcia pero con glamour. Pico y pala" recordaba entonces. Y ajustándose otro mini-vestido imposible volvía a los viejos lugares de antes a esperar un roce causal, un guiño, una puerta abierta. Y el tiempo pasó y por ella pasaron muchos, días, meses y relaciones sin trascendencia que la habían dejado en el mismo lugar, con las piernas y el hambre igual de abiertas.

La casa estaba vacía, la nevera también, y su futuro había llegado y no estaba donde había imaginado que estaría. Su casi inexistente candidez le hacía preguntarse qué había podido fallar en su plan, por qué no lo había conseguido, o por qué cada fusión había sido tan fugaz.

Se acostó desnuda acariciando un cuerpo que ya no le pertenecía. La cantinela de su madre resonaba en su mente: "el hambre y las ganas de comer". Y como si de las piezas de un puzle completándose se tratara, comprendió que lo único que puede ocurrir cuando se juntan ambos, es que se sacien y se olviden. Nada que se busque por necesidad puede fructificar.

Al día siguiente volvió al primer bar. El jefe de seguridad hasta la llamaba por su nombre:
-Hola, María, ¡cuánto tiempo! ¿Estás esperando a alguien?
Con una amable sonrisa llegó a la barra sin responder. Flanqueada por dos mujeres que esperaban como ella un futuro con más glamour, pidió un gin-tonic.
-Con mucho hielo.
Casi inadvertida, en una zona muy mal iluminada, dos jóvenes con los ojos muy abiertos vigilaban todo movimiento en el local, sobre todo cuando se abrían las puertas. Se daban codazos cuando uno u otro pasaban a su lado.
María reconoció la escena, y se dio cuenta de que en todos sus años de búsqueda, a ella le había faltado esa pasión. Sin tomar ni un solo trago, pagó y se marchó.
-¿Ya te vas, María?
-Sí, no me encuentro bien -le respondió al jefe de seguridad que continuaba en la entrada del local.
-Te he pedido un taxi.
-Gracias, adiós.

María llegó a casa y durmió.
Él, en cambio, supo que no la volvería a ver más, y lloró.

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El deseo es un camino sinuoso. Tiene poco de realidad, todo está en la mente, en la capacidad que cada uno tenemos para imaginarnos cualquier cosa. Hay quienes desean un futuro mejor, un trabajo, una pareja, hijos, dinero, ser más delgada o más alta, tenerla más grande, más pequeña o incluso doble... ¡Se pueden desear tantas cosas! "La imaginación es un cielo infinito" escribí una vez.

Pero creo que NO HAY deseo más poderoso y más tangible que el de un abrazo. Uno de esos abrazos que saben a casa, a guarida y refugio, a AMOR con mayúsculas. Un abrazo de esos que te recolocan y te devuelven el sentido cuando lo has perdido. Un abrazo de esos que solo pueden darte quienes te quieren de verdad y al acercarse, reconocen tu olor y tú respiras de nuevo el suyo, envolviéndote en la atmósfera que su oxígeno te proporciona. Un abrazo sin preguntas que contiene todas las respuestas.

En este mundo que cada vez está más loco, donde se mata indiscriminadamente en nombre de Dioses, estados y posesiones, donde se permite abandonar a su suerte a miles de personas mientras en los despachos se rellenan expedientes en blanco y se siguen repartiendo cartas en la partida, cualquiera con un poco de sensibilidad desea el contacto físico, el abrazo que colme el alma. La soledad se cura con abrazos. La tristeza también. No tengo receta para este mundo.

Oleo de Cris Alvarez. Argentina.
Mientras una parte del mundo llora la realidad, otro parte se acicala para salir en busca de sus tesoros. Patético todo lo que se puede leer en Twitter, la frivolidad con la que algunos transitan por la Tierra y las televisiones. Vueltas y más vueltas sin comprender absolutamente nada. Y en mi caso, sabiendo que mi única arma son mis letras y mis brazos.

Me inspiran quienes intentan hacer el mundo un poco mejor por las buenas. Con su arte, con sus palabras, con sus actos. Me inspiran quienes abrazan, y quienes, cuando no soy capaz de encontrarme entre tanta confusión, me colocan el gps en el corazón.

No puedo poner otra canción para esta entrada que no sea de The Beatles. Don´t let me down. No es que me guste, es que me abraza.

Un beso, el primero que os mando en primavera. Que florezca, como vosotros, y yo misma.
Hasta más leer y por favor, sed buenos y abrazad el lado bueno de este mundo, va... que solo es un ratito.




martes, 8 de marzo de 2016

El instante eterno de un recuerdo

Fotografía: Vivien Maier

Rayos de sol tras muchos días de lluvia. Un instante de paz tras tantos días de confusión. Si no la hubiera visto pasar, su universo no se hubiera agitado. Pero la vio: despistada mirando sin mirar, tanto, que pasó de largo sin verlo, como nunca antes.
Si no la hubiera vuelto a ver, las últimas noches habría dormido a pierna suelta, despertándose tan solo queriendo recordar los sueños que nunca recordaba.

Había pasado un largo año. Un año entero lleno de días grises, de días de pensamientos perdidos y culpas.
-¿Entonces, esto acaba aquí?
-No sé qué más hay que añadir.
-Después de tanto... ¿quedamos relegados a la nada?
-Después de tantas "nadas", hemos perdido todo.

Ella se giró antes de que él la viera llorar, pero la conocía tan bien que sabía que aunque aparentara entereza, por dentro estaba rota. Él sabía que las fracturas comenzaron con sus dudas y su maldita costumbre de dejar todo para más tarde, de callar, de esperar...
Sí, él era uno de esos hombres que solo actúa cuando ya no queda más remedio. O cuando a la fuerza le hacen responder, incapaz de coger la sartén por el mango y decidir antes de verse contra la espada y la pared.

Supo entonces que uno pierde mucho más por cobarde que por noble, porque la vida ya no es cuestión de valentía sino de nobleza; de coherencia entre el decir y el hacer, y él carecía de ella. Le falló. Y se falló a sí mismo.

-No me escribas, no me llames, no me busques.
-...
-Nada, ¿vale? Nada.
-Pero...
-Cuando sientas que me necesitas o que quieres comentarme una estupidez que te recuerde a mí... Solo piensa en las miles de estupideces que yo me callé por no poderlas compartir contigo, por no llegar a tus espacios, por no formar parte de ti.
-Pero...
-¡No! Si entonces no hubo tiempo, ahora lo hay menos.
-La pareja del autobús -dijo en un último intento desesperado de evitar lo inevitable.
-¿Qué pareja?
-La que vimos aquella tarde, los ancianos.
-¿Qué les pasa?
-Dijimos que seríamos como ellos, ¿lo recuerdas?
-También dijimos mentiras -respondió mordaz.

Las conversaciones de ruptura son crudas como las guerras o un accidente. Son conversaciones que tienen el peso de uno mismo multiplicado por el infinito al que uno nunca llegará con quien amó. Son liberadoras y atroces. Son tristes y tiernas a veces, y otras, están cargadas de violencia verbal y por desgracia, física.

-¿Y si no nos volvemos a ver?
-Que pase el tiempo, de veras. Yo no puedo más.
-¿Y si nos volvemos a ver, qué?
-No lo sé, ¡no insistas!

Y él no comprendía, jamás había sentido su dolor en realidad. Jamás se había puesto en su lugar.

-Saldré de esta -le dijo-. Te superaré.

Tras tantos días de frío, había dejado de llover y él se había detenido un momento para dejarse acariciar por sol. Ella solía hacerlo y después sonreía. "¿No sientes paz?" decía.

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Siguen sucediéndose las rupturas en Mr. Jones Country, en el mundo en general, y sigue habiendo encuentros y desencuentros de personas que se pierden en una mirada. Parejas que sin serlo, se paran en mitad de un paso de peatones mientras el resto camina a su alrededor, y el semáforo torna verde y ellos se miran, sin tocarse porque no pueden hacerlo, deseando una proximidad que determinadas decisiones no les permite disfrutar.
Besos en la calle, abrazos y llantos desconsolados de personas a las que jamás hubiésemos imaginado sucumbir. Roturas internas, enfermedades, enfados y gritos varios.

Fotografía: Vivien Maier
Yo no sé si llegaremos a ser esa pareja que abrazada sigue el viaje o seremos quienes lloran en un banco dejándose tímidamente consolar. No sé si seremos los que aún se duelan o los que hagan doler. Si seremos valientes o cobardes, si seremos, siquiera, ser...
Solo sé que entre toda la gama de posibilidades existentes, solo quiero ser noble y rodearme de personas que lleven la coherencia como bandera, a pesar del mundo. A pesar de ellos mismos.

Estos días observo el panorama como si la vida no fuera conmigo. Me cuesta encajar en la dinámica de esta vida. A días incluso no sé ni cuál es. Entonces, me empapo de otras lecturas, de otras músicas y otros artistas para ventilarme con el aire de otras ventanas, que airee el espacio cuando oprime. Me encantan mis nuevos descubrimientos. Quizá debería haberlos conocido antes, pero estoy cada día más segura de que todo llega cuando tiene que llegar y, que se va, también, cuando se tiene que marchar. Y después, PAZ.

Esta vez me ha dado por esta fotógrafa que desconocía, Vivien Maier
Fotografía. Vivien Maier
y que esconde todo un historión. Me hizo pensar en tantas cosas su anonimato, el descubrimiento de todo su material y que ahora sea tan del mundo... No os perdáis su trabajo si no la conocéis.

Y para esta entrada, Los Suaves. "No me mires" Anoche me acosté con este tema y no puedo sacarlo de mi mente. Me hace sentir bien. Y me gusta todo aquello que me provoca bienestar instantáneo. Como un rayo de sol entre las nubes. Como un beso.

"Mírame cuando la luna se asoma por la ventana y te dejas abrazar acostada aquí en mi almohada. 
¡Qué pena me da, qué pena! Cuando te veo marchar. 
¡Qué solo y triste me dejas! 
No te escondes, no te marches, como estrellas entre nubes". 

Besos y abrazos y ternura para esta recta final de invierno que aquí en Irún, al menos, está siendo horrible. ¡Que llegue el calorcito! Sed buenos...