viernes, 20 de mayo de 2016

Diarios de un día. Día 1

Nunca me ha gustado que suene el despertador. Ni aunque ante mí tenga el que considero en ese momento que va a ser el mejor día de mi vida. Si hiciera el cálculo de mejores días de mi vida quizá me sorprendería de la cantidad de buenos que ha habido, sobre todo, sin haberlos previsto. Llegaron.
Esta mañana cuando ha sonado, en cambio, no me ha molestado como otros días. Y no había nada atractivo en la jornada como para no protestar y dejarlo sonando. Tal vez que ayer cambié la música y como siempre, ésta me ha teletransportado directamente a una emoción. A una buena.

Iba en el tren. No había demasiada gente y solo se escuchaba el traqueteo. Nada más. El movimiento que te mece y tu mente que parece que se escapa de ti y te deja tranquila. Como cuando meditas o te relajas mucho, o justo ese momento etéreo antes de dormirte.

Anoche me acosté preocupada y sé que no debo. Que preocuparse es anticiparse a algo que posiblemente no vaya a suceder... pero ante determinados acontecimientos, cuesta parar la mente. Y la bola de nieve se va haciendo más y más grande hasta convertirse en alúd. Pasando de tener un simple runrún a luchar contra molinos de grandes aspas y a un Sancho que no viene a socorrerte.

La soledad es muy compleja. Uno se acostumbra tanto a ella que a la primera de cambio da un portazo y corta conexión. La paciencia es mínima, la tolerancia, también. Creo que los solitarios vocacionales se vuelven muy caprichosos. Estiman tanto sus espacios que no aceptan que nada les turbe, ni aunque sea por su propia evolución y mejora.

Entonces, ante nuevas tesituras, el solitario se remueve, se agita, se vuelve loco consigo mismo porque no se encuentra en su soledad y... no hay trenes suficientes para viajar, ni distancias tan largas como para recorrer. La ansiedad se queda en el pecho, la huída también. Uno aprende que el viaje siempre ha de ser hacia adentro para poder extrapolarlo y ahí, justo en ese trayecto, el peaje suele ser muy caro.

Suenan canciones, ves personas vibrando al ritmo del rock, abrazos, besos, lágrimas, despedidas y reencuentros y, giras como una noria, integrando que un adolescente se suicida de repente, que hay accidentes a todas horas, secuestros, violaciones, asesinatos, y llamadas de teléfono sin respuesta.

La vida, la puta vida con todos sus claroscuros. Luces y sombras y el terrible esperpento para algunos. A mí me sigue pareciendo maravilloso. La locura como único punto de cordura. La invención, la creatividad, las nubes.

Buscar para encontrar una sombra de quienes fuimos. Los recuerdos están tan decorados que ya ni los reconocemos con el tiempo. O a veces, duelen tanto, que preferimos silenciarlos. Los recuerdos en silencio no viajan. Solo viajas tú repitiendo el mantra: "aquí y ahora". Pero a veces no se puede. Te atrapan, te despiertan otros despertadores que le quitan las telarañas a tu olvido y recuerdas... Viejas ilusiones, viejos sueños, grandes fracasos y pérdidas, y un camino tan largo como pasado y un camino tan largo como futuro.

Aquí y ahora, ante un folio en blanco, hoy toca hablar de soledad con uno mismo. De soledades en plural, una por cada uno de vosotros y vuestras circunstancias, y otras soledades, las que se suman entre dos que nunca más se encuentran y continúan el viaje.

Nubes, despertadores, sueños y pesadillas, holas y adioses y finales con punto final intenso. Y soledad de sentirte solo, pequeño y olvidado; soledad de saber que es pasajero, como cada fotograma del paisaje que visitamos. Por suerte, y también por desgracia.

Echar de menos. No sé si hay un sentimiento más desestabilizante. La nostalgia y la melancolía te atontan. ¿Dónde están mis amigos? Eso cantaban Los Suaves. También Manolo Tena gritaba al vacío y tantos... Es necesario viajar al centro de uno mismo de vez en cuando para reajustarse por dentro. Pero no os quedéis, no te quedes, no me quedo. Hay que vivir fuera. 

Diario de un día. Así nos va. Y el silencio me da la razón.

https://www.youtube.com/watch?v=KBPTOkKkDfo

Silencio. Aurora Beltrán y mi Bunbury. No podía usar otro tema hoy. A veces uno pierde el sentido de las cosas y la música y escribir son las únicas armas que conozco para recuperarlo, o al menos, para encontrar el camino de vuelta a casa, tras el viaje.

Un beso.

jueves, 12 de mayo de 2016

Pasen...

Fotografía: Estitxu Ortolaiz

-Pasen...
Y pasamos. Pasamos a una sala con un solo bolígrafo y muchos papeles. Las paredes parecía que caían sobre nosotros y había un silencio tan tenso como el filo de un cuchillo que ambos, y de diferente manera, sentíamos en la yugular. De no haberlo tenido, de no haberlo sentido, quizá no hubiéramos llegado a esta sala. Pero a veces sucede. Ni él ni yo éramos ya los mismos, distorsionados por el tiempo y los desencuentros, heridos por las mentiras y verdades, por la ruptura de proyectos comunes y sueños, por las palabras a destiempo y la frustración de no llegar a un acuerdo cuando lo que se necesita ante cualquier situación es comprensión. Aunque no nos guste lo que nos cuenten. Y así fue.

No, no había habido manera.

Unos años antes con un solo bolígrafo rubricábamos un comienzo y de nuevo ante la misma tesitura, firmamos un final tan denso como el sabor del fracaso y la amargura. Ni miradas, ni saludos, solo el proceso que nos requerían quienes habían tomado las riendas de nuestras vidas para esta fría situación, porque nosotros éramos incapaces de gestionarla en conjunto.
-Solo serán unos minutos.

No, jamás pensé que esto acabaría así.

En el primer café sonreías tanto... Te gustaba tanto lo que yo decía y me creías tan capaz de tanto bueno... Yo te admiraba. Eras alegre. Ese tipo de hombre que sabe hacer reír y te llena de buen rollo. No obstante nuestras peores caras se las vieron, al fin, por fin, en una sala con un bolígrafo, porque era impensable continuar alargando la agonía de una ruptura. Desprecios, broncas y problemas enanos convertidos en gigantes amenazadores.

-Pasen y firmen aquí y aquí.

¿Cómo habíamos llegado hasta ahí? ¿Murió primero el amor? ¿Tú? ¿Yo? ¿O los dos? ¿La culpa fue de otros, de las circunstancias o de nuestra incapacidad para quitarnos la venda y comprobar que hay veces que hay que darse de bruces con la realidad del camino elegido para confirmar que no era el correcto para nosotros como individuos? ¿Y qué debíamos hacer? ¿Apechugar con la decisión? ¿Continuar con la mentira? ¿O ser honestos con la verdad de nuestros sentimientos?

No, eso no es lo que ponía en el papel.

Ni en ninguno de los mensajes cruzados, ni en ninguna parte. Mis razones no eran las tuyas y mis sentimientos hacía mucho tiempo que habían dejado de ser importantes para ti, porque te obcecaste de tal forma en defender los tuyos, que me convertí en la desconocida mujer que aún recordaba cómo sabían tus labios o cuál era tu perfume favorito y el color de la camiseta de tu equipo, o la talla de tu pantalón.

En efecto, solo podíamos claudicar y firmar. Pasar, y firmar.

El último café que tomamos juntos fue un desastre. Ambos habíamos ido con idea de acercar posturas y no para hacer del final un abismo y... salió mal. La distancia aún se hizo más larga. ¿Por ti? ¿Por mí? ¿Porque ya no sabíamos a quién teníamos delante y cómo hablarnos? El caso es que solo dejaste claro que no me perdonarías jamás.

No, tampoco pensaba que el castigo duraría tantos años.

Pero a veces hay historias que salen mal y con las que tenemos que aprender a vivir.
Porque SÍ, porque nunca sabemos lo fuertes que somos hasta que no nos queda más remedio que serlo.

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Anoche leí esta frase: "la nostalgia funciona, pero a veces es una ciénaga". Es de Javier Caballero. Me enviaron un enlace para mostrarme su forma de escribir y me gustó esa frase a rabiar. El odio es mucho más sucio y turbio que la nostalgia, si bien es cierto que sentirla te puede llevar a un remolino muy profundo de tristeza, el odio es destructor y limitante porque no te deja avanzar de pantalla en este videojuego que es la vida.

Pasen y compartan...
De ahí nació esta historia. De las ganas de partirte la camisa y decir: "esto soy", "esto tengo", "¿necesitas entrar en un lugar donde haya rasguños para no sentirte tan miserable?" , "¿quieres que te preste un poco de la sangre de mis heridas?" o "¿crees que eres el único que la ha cagado o al único al que han fallado?", "¿solo contigo la vida ha sido injusta?".

Pasen... y abran la puerta los valientes que heridos no tienen vergüenza de mostrar su camino y elegir acompañar a otros en el suyo, porque a fin de cuentas, de eso, creo, que sigue tratando todo esto. De vivir y compartir. De reír y compartir, de llorar y compartir. De abrir la puerta y dejar entrar y cuando ya no quepa más o nos duela o nos condicione, dejar salir, para volver a compartir.

Juzgamos y detestamos sentirnos juzgados. Los motivos que mueven un corazón solo los puede entender uno mismo. No existe perdón posible sin esta comprensión previa del funcionamiento del mundo. Así que pasen... y compartan. Pasen, y sigan buscando la felicidad. Si existe el día del Juicio Final, no creo que en sus puertas nadie nos vaya a reprochar haber querido ser honestos con nosotros mismos. Las penitencias ya se pagan con los castigos que te impone la sociedad y las personas que no saben gestionar sus emociones, ni sus prejuicios.
He dicho.

En el Paraíso viviremos en pelotas, de piel y alma. Y aquí, hasta entonces, seguiremos vistiendo ropa, pero solo por no escandalizar al personal, que el alma en cueros está preciosa.

Y que suene Clocks, de Coldplay en versión de Buena Vista Social Club. Esta canción me transporta a ese lugar donde reside la belleza y el buen rollo y todo lo bueno. Que os ayude a viajar.

Besos a todos en este mayo florido.

pd: fotón de Estitxu Ortolaiz. Me encanta usar su trabajo para mis textos, y esta foto es tan, tan, que contiene tanto... Milesker Esti. Muxus!

y POSTDATA 2: Pasen y dejan las tonterías a un lado. En estas salas los malentendidos y las pequeñeces sobran, rebotan, salen escaldadas. Se habla en otra lengua.