domingo, 25 de septiembre de 2016

Ódiame

Fotografía de Estitxu Ortolaiz

Él siempre sacaba la misma foto cuando paseaba. Nunca le pregunté por qué lo hacía. Me hacía gracia caminar a su lado y saber que iba a pararse, mirar hacia la montaña y tomar la imagen. Supuse que algún día me lo contaría. Todos estamos hechos de pequeñas manías.

Él decía que conmigo todo era muy sencillo. Que era divertida, que lo calmaba y que sobre todo, le permitía sentirse él mismo. Libre. Yo callaba. Sentía que muchas de esas frases no requieren de respuestas. Él afirmaba cosas que me conmovían. Pero tampoco se lo dije.

Él me deseaba como se desea una piedra preciosa, o un gran viaje, o... ese algo que cada cual puede desear mucho. Tampoco le dije que temía al deseo. Que el deseo es una ilusión que de no alimentarse se funde, como una bombilla tras el resplandor.

Anoche me escribió. Eran las cinco de la mañana cuando recibí su mensaje:
-¿Duermes?
-...
-¿Te he despertado?
-...
-Bueno, solo quería decirte que sigo pensando en ti.

Me revolví en la cama no sin antes estampar el teléfono contra la pared. Solo tardé dos minutos más en levantarme, reiniciarlo y responder.
-¿Sigues pensando en mí a las cinco de la mañana?
-Perdona, no me atrevía a escribirte antes.
-Si lo haces a las diez quizá podamos charlar un rato. Ahora no tengo nada que decirte. Buenas noches.
-He sido muy torpe otra vez.
-...
-¿Sigues ahí?

Cuando le conocí me pareció un hombre que sabía lo que quería. Al menos, conmigo. La vida ya es demasiado compleja como para saber hacia dónde tirar. No obstante, él tenía muy claro el rumbo conmigo, el problema es que yo nunca lo supe. O lo interpreté mal, o a mi manera. Cuanto más me quiso, peor me cuidó. Y cuando más me necesitó, más sucumbí yo a un papel que no me correspondía.
-¿Puedo ir a verte?
Remoloneaba, me miraba en el espejo, me daba cabezazos contra la pared preguntándome por qué continuaba con aquello y finalmente decía:
-Bien.

Después todo era muy predecible. Junto con la ropa también me desvestía del corazón y cuando tras un par de horas de sudores varios se iba, procuraba olvidarme de reponer mi órgano fundamental. Porque sabía que la talla de mi alma había cambiado, que apretaría, que me ahogaría. Esto, él tampoco lo supo.

Siempre he pensado que debió imaginarlo. Que debía intuir el estado en el que me dejaba después de cada encuentro. Pero cuando al cabo de unas semanas e incluso meses, regresaba como si todavía fuéramos dos desconocidos tratando de descubrirse, con mi ropa, ya mi corazón no se caía. Me había vuelto tan de piedra que ni podía con él.

-Estoy seguro de que me odias.
-No.
-Sé que esto es una mierda, es poco, es insuficiente, es... Venga, por favor, dime que me odias.

Continuamos durante un tiempo siendo mucho peor que dos desconocidos. Librando batallas que a día de hoy me parecen ilógicas tan solo por no soltarnos, por no hacernos más daño, por no ser francos el uno con el otro. La última vez que nos vimos, él llevaba a su hijo al colegio. Como cada día, paré en el "stop" mientras los veía entrar en el edificio. Tenía tutoría, llegué un poco más tarde. Nos estrechamos la mano y ella empezó a formularme preguntas sobre el niño como si las llevara todas apuntadas en una libreta. Yo me concentraba en la respiración mientras él miraba al suelo.

-Por último, quería preguntarle una cosa. No sé cómo darle la noticia de que va a tener un hermanito.
-¿Sí? -exclamé de repente, sorprendiéndoles a ambos-. Vaya, felicidades.
-Gracias -dijo ella emocionada poniendo la mano sobre la rodilla de él.
Parecía ridículo sentado en una silla de primaria, haciéndose por segundos más y más pequeño ante mí. Me envió un mensaje al salir que decía "lo siento". ¿Lo sientes? Tampoco respondí.

-¿Sigues ahí? Entiendo que no quieras ni verme. Que me odies. Yo...

Mientras veía cómo en la pantalla ponía "escribiendo", le respondí. Hablé con sinceridad por primera vez en muchos meses. Su mensaje no me llegó, porque paró en seco cuando las dos flechas se tornaron azules y leyó mi texto.
-No te equivoques, me odio a mí misma.

Nunca he sabido si siguió sacando fotos al mismo lugar.

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Esta tarde una mujer en silla de ruedas me ha pedido que la ayudara. Había empezado a llover, iba en tirantes y me ha pedido si podía sacarle de la mochila un jersey.
-¿Lo tienes aquí?
-Sí.
Al sacarlo, me he dado cuenta de que pesaba un poco. Llevaba la alarma que suelen poner a las prendas en las tiendas.
-Esto... quizá deberías quitar esto de aquí.
Me ha mirado un par de segundos antes de responder mientras accedía a que le pusiera la chaqueta.
-Sí, algún día me pasaré para no tener problemas.
Cuando ha seguido su camino, no he podido dejar de pensar en las múltiples circunstancias que hacían que ella siguiera llevando la alarma puesta. Ninguna ha sido buena.

Al igual que ninguna es buena para justificar el odio, ni el rencor. Conozco personas maravillosas que se odian a sí mismas por haberse dejado herir. Por haber confiado, por haber dañado a quienes querían. Creo que es muy triste cargar con esa culpa, atacarse a uno mismo cuando en el peor momento es cuando más necesitas abrazarte. Y no digo que te abracen, digo que te abraces tú. Que te aceptes, que te permitas tus errores, tus aciertos, tus meteduras de pata y todas esas alarmas que no sonaron cuando abandonaste algún lugar. Lo que nos llevamos de bueno es aquello que seguirá abrigándonos cuando llueva, cuando llores. Porque somos la suma de alarmas que sonaron y no quisimos escuchar en determinados momentos. El libre albedrío consiste en elegir y ser consciente de las consecuencias de cada elección.

El mundo está muy revuelto esta temporada, no os agobiéis. Son sólo alarmas que suenan, como despertadores. Después, te levantas y continuas. Siempre es igual.

Sed buenos, gracias por leerme  y escuchad esta canción. Hoy me ha dado por buscar un tema que tenga tanta fuerza que digas ¡sí! Los Black Sabbath a los que debo muchas más escuchas. Y el Ódiame de Bunbury, que nunca me deja indiferente.

"ódiame por piedad yo te lo pido 
ódiame sin medida ni clemencia 
odio quiero mas que indiferencia porque 
el rencor quiere menos que el olvido"
Nos leemos, besos mil en este septiembre de tantos proyectos en marcha.
¡Ah! La imagen, otra de Estitxu. Conecto con su sensibilidad. ¿Por qué esta? Por lo que os sugiera. A mí me dice tantas cosas...

Muaks!

martes, 6 de septiembre de 2016

Mens sana in corpore... de aquella manera.

Foto: Oscar Rivera
Tal cual. Y es que me gusta mucho la buena vida, la contemplación, los pintxitos y la cerveza. Soy de las que veo a la gente correr y me intriga saber en qué irán pensando. Porque no me creo que sin un balón se pueda correr y disfrutar. Será que nunca me he considerado deportista, sino jugadora de baloncesto. Pero aquella etapa terminó. Veinte años en una cancha son muchos años, muchos golpes, mucha disciplina y un momento en que las jóvenes llegan y tu vida, también, tiene que mirar hacia otro lado. Yo soñaba con recuperar las ocho de la tarde. Esa bendita hora en la que podrías elegir si quedarte en casa, irte a dar una vuelta, quedar con alguien, o dedicarte al nadismo más absoluto, en vez de ir a entrenar día tras día, noche tras noche.

Hace ya tres años que no hago nada de nada. Que río, lloro, me preocupo, me enfado, me rebelo contra el mundo y contra mí misma y a las ocho de la tarde, estresada o feliz, preparo la cena para la peque y para mí, o me tiro en el sofá o escribo o leo. Y el cuerpo, lo nota.

Llevo tres años tratando de cuidar tanto mi mente y mis estados, que el cuerpo dejó de tener su forma y su elasticidad, porque me emperré en que lo primero era sentirme fuerte por dentro, recuperar mi equilibrio interior... pero no me digáis cómo, tras este verano, he sentido que no puedo expandirme más. (Bueno, tal vez la ruptura de unos vaqueros nuevos al intentar subirme a una moto tuviera algo que ver, jajajaja).

Es complicado empezar a moverse. Me siento torpe, rígida y lenta, muy lenta. Es difícil luchar contra los recuerdos que tu mente te lanza sobre quién y cómo fuiste en una cancha, y aunque nunca destacara por mi velocidad, jaja, no se me dio mal del todo. Me quedé embarazada con 28 y gané 20 kilazos. 4 fueron de la propia niña, vasca, por lo que leéis, jeje. El resto, se fue yendo poco a poco. Con el divorcio perdí 17, y me quedé tan escuchimizada que mis amigas me llamaban "fea" y me pedían chicha. Poco a poco, la cogí. Y lo que tiene la felicidad, que se ha desbordado por mi cuerpo. Que mi metro ochenta y tres engañan y disimulan, pero mi ropa no. Y no entrar, me fastidia. No aspiro a posar en ninguna revista de fitness ni a lucir un palmito para nadie. Solo quiero volver a moverme y sentirme liviana. Ágil, flexible y activa. No creo que sea imposible. Creo que solo es cuestión de voluntad y de aceptar, que esta parte ahora mismo, equivale a quererme también por fuera.

He encontrado el por qué a muchos de mis recelos con el deporte. Uno, que nunca lo tomé como algo que me sirviera para cuidarme. Era pura adrenalina, competición, jugar y jugar a encestar, a mejorar, pero no a observar los musculitos y todo lo que aporta. Dos, durante estos años, me he dado cuenta de que me resultaba tan importante demostrarme a mí misma y al resto que estaba "sana" por dentro, que mi cuerpo, ¡bah! , me daba bastante igual. Necesitaba sentirme fuerte, valiente, reconstruida. Ahora que empiezo a estarlo, hubo un punto de inflexión y no fue solo el pantalón. Fue la desidia tan pegada a mis ganas. Darme cuenta del autoboicot y de que solo tengo 36 y si me dejo ahora, ¿cuándo volveré a encontrarme?

Así que he empezado a hacer deporte. Siento que es como empezar a meditar. Que todo tipo de ideas surcan tu mente y todas te dicen que lo dejes que no sirve para nada. Llevo dos días. Me río sola en casa frente a los videos de youtube y me río más al darme cuenta de que lanzo juramentos en hebreo porque me duele todo. Salto y noto la lesión del tobillo de hace años, cojo una mancuerna y mi dedo roto se lamenta, me siento y rezo a la instructora que no me pida levantarme... y al acabar, hasta me aplaudo. ¡Ja! No digo porque yo lo valgo, sino un divertido: "anda que Itzi... ¡vaya lo que se te ha ocurrido ahora!".

Día 2. Soy la Eva Nasarre del siglo XXI
No tengo un objetivo marcado. Si logro llegar al día 21 como la Samantha de la tele decía, me doy por satisfecha si luego tengo ganas de seguir un 22. Pienso que si fui capaz de dejar de fumar de una forma tan sencilla, solo diciendo que lo haría y punto, esto también puedo hacerlo. ¡Que mi cuerpo tiene que tener algún tipo de memoria deportiva, no? Porque si no, vaya mierda haber dedicado 20 años a algo que solo deja huella emocional, ¡con lo que he sudado! Me falta un equipo para motivarme. Echo de menos a mis chicas y el sonido del balón constante alrededor. Así que V me dijo que escribiera. Que lo compartiera, que esto me motivaría y me ayudaría a unir mis dos pasiones. Bueno, el deporte no es una pasión, no voy a venirme arriba ahora con el discurso. Escribir sí. Así que nueva vida que comienza en este septiembre caluroso. Regresar a casa de la ofi, rutinas de ejercicio (deberían llamarles de otra forma y no rutinas, rutina suena a cansino, aburrido y Mordor), y continuar con mis textos y mis proyectos literarios. ¿Lo conseguiré? Ojalá.

Baby me decía esta tarde, "ama, yo voy a ayudarte en lo que quieras". Y seguido me ha dicho que no bajo el culo lo suficiente. ¡Ja!

En fin, no me extiendo más que para ser el primer día creo que ya he contado bastante.
Me siento algo mejor. He expulsado demonios con cada gotita de sudor, incluido todo lo que pienso sobre el "ca..." que me ha rallado el coche. Y ahora a cenar, a charlar un ratito, leer, escribir o lo que surja. Me motiva compartirme, siempre lo ha hecho. Así que si has llegado hasta aquí, GRACIAS.
No entiendo la vida como un deporte solitario, sino como un camino de equipo. Sea como sea.

Sed buenos, haced aquello que os haga sentir bien, pero estad siempre seguros de que lo hacéis por vosotros y no porque la sociedad nos acribille a mensajes subliminales y directos sobre el cómo debemos estar y dónde está la cima de la felicidad. Todos somos tan distintos que llegamos a ser únicos y especiales. Con kilos de más, de menos, o redondos e ingrávidos como almas y estrellas.

¡Hey! Que no me olvido de la cancioncita... Imposible que no suene Bunbury. Hace menos de una semana lo vi en directo en Valencia y aún resuena en mi corazón. Como la compañía que tuve. Mis dos amores. Mejor imposible. Que suene entonces él, y este temazo. "De todo el mundo".


"Que no interrumpa lo cotidiano 

mis pensamientos. 
Que no me dejen sin mi sustento 
en vano.



Que no me atrape lo mundano 
si prefiero no estar quieto.
Que no me pongan en un aprieto 
por algo que no está en mi mano.



Que no me consuman si como sumo 
soy un regalo. 
Que no le cause a nadie espanto 
si yo mismo me acuso.



Soy vagabundo, siempre de paso de 
aquí de allá, de todo mundo. 
No tengo dueño, no soy tu esclavo. 
Un poco tuyo y de todo mundo..."


Besos mil y hasta prontito, que regresar al blog siempre es como respirar. 
Muaks! 

Itzi