jueves, 2 de octubre de 2014

El hombre de la estación

Según un anónimo lector, esta estación pertenece al pueblo de Lloseta.
Me encantó que se pusiera en contacto conmigo para contármelo; yo tomé prestada
de la red esta imagen porque me gustó, sin saber de qué lugar del mundo se trataba.

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Eligió una estación cualquiera para sentarse a observar la vida cuando descubrió que todas las barras de bar terminan siendo la misma. Cuando la soledad no se traga con más hielos y en la calle, al menos, te da el sol.

Al principio se sintió extraño viendo pasar un tren tras otro sin moverse. Observando el trajín de los pasajeros, hombres y mujeres de todas las edades enganchados al reloj, al teléfono, a las prisas. Él, inmóvil bajo la tejavana de la estación, no sentía ni frío ni calor. Las certezas dentro de ti mismo te dan sentido. Hacía años que había dejado de ser un adolescente para convertirse en algo parecido a un adulto. Seguía conservando a buen recaudo un buen número de sueños, pero la realidad era que los huesos le pesaban como toneladas de hierro que le impedían volar. Ella había dicho "adiós" y él sólo había bajado la cabeza. Un poco después, había perdido algo de pelo y, al cabo de unos meses, la capacidad para sonreír.

Eva le ponía cafés por las mañanas y Olga le servía copas por las noches, aburrida de sus lamentos. María abrió las piernas cada vez que él le hizo reír. Pero ni en el fondo del vaso de una, ni en el gemido y los sudores de la otra, él lograba encontrar la paz. Iba quemando cartuchos. Horas, momentos y días. Se quemaba a sí mismo y odiaba no llegar a arder. Necesitaba estallar, gritar, encontrar al fin una palabra, o todas, porque cuando en el pecho se te queda algo sin decir, te ahoga y te consume. Él había llegado a la conclusión de que el silencio lo devoraría, no sin antes quizá, volverlo loco.

Así que decidió sentarse en el primer banco que vio libre en la estación, una noche en que Montse, una risueña damisela recién conocida, le pidió que la acompañara a casa. Él rehusó tratando de ser cortés. Olía a tabaco viejo, a humo de nostalgia. ¡Él de eso ya tenía bastante! Cayó como un peso plomo en el asiento, justo cuando el tren hacia su entrada. Su mente viajaba a aquellos lunares que trazaban carreteras en una piel morena. Se perdia en el sonido de su risa ya lejana y sus despistes, y entonces, en ese preciso instante, cuando el recuerdo amable te deja en el limbo del pasado tierno, la vio pasar entre la gente corriendo, pegada al móvil. Sonreía y hablaba gesticulando con las manos. No lo vio. Pero él la había vuelto a ver. Se descubrió cabizbajo de nuevo. Tardó dos horas en levantarse del lugar.

Irene lo llamó para preparar la barbacoa del fin de semana y esta vez dijo que no. Era inútil asistir. Sus amigos organizaron la partida y le repitieron una y mil veces que la olvidara, que todas las historias tienen un principio y un final. Él les dio la razón. Incluso a última hora pasó por casa de Irene y se dejó un orgasmo que hablaba de vacío. ¡Poco importaba todo!
Había tomado una decisión y pensaba seguirla a rajatabla. Cada día volvería al mismo banco de la estación. Y si un día, quizá, el azar volvía a hacer que ella bajara del tren ante él, trataría de no quedarse callado mirándola con nostalgia y tal vez, reuniera el valor suficiente como para invitarla a un café. Puede que ella dijera que no o que hiciera como si no lo conociese. Pero puede también, que en una mirada, ella comprendiese todo lo que él había callado.
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Una amiga dijo el otro día que no cree que exista el olvido. Yo creo que la memoria es selectiva para dejar que cada mañana nos levantemos de la cama un poco menos pesados. La verdad es que no estoy tampoco muy segura de esto. El olvido y el recuerdo van de la mano a cada paso. Es lo que somos. Suma de lo que fuimos y dejamos de ser. Restos de lo que vivimos y semillas de lo que creamos. Un caos. Pero un caos valiente.

Hoy he visto el arco-iris por la mañana y tras todo el fin de semana lloviendo ha salido un poco el sol. Se ve bonito tras los cristales. Es aún más bonito cuando te da el aire en la cara aunque sea frío, porque hay gente que hace que merezca la pena salir a mojarse o a constiparse. Y hace, que uno deje de pensar en si es real un recuerdo, un olvido, o un despiste. Ya pasó.

Canción para acompañar esta historia, Hoy la vi de Enrique Urquijo y Los Secretos. Le va perfecta y me encanta.


"...la nostalgia y la tristeza suelen coincidir...".

Pd: esta historia la escribí un octubre de hace dos años, en 2012 y la rescato ahora porque dejó un poso muy chulo en mí. Me gusta y en su momento sé que a muchos también, así que con ella, abro las puertas para que se ventile el alma. 

Un beso grande, y mucho buen rollito.

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(Por cierto, creo que ya he solucionado los problemas para el formulario de comentarios. Creo que ahora ya se pueden comentar las entradas sin que os vuelvan locos y, por otra parte, también en mi perfil he logrado modificar mi sexo y vuelvo a ser mujer, jaja, lo de payasa es incorregible).

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias! es un texto que a mí también me gusta mucho cómo quedó.

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  2. Las estaciones humanas y sus diversas paradas y peajes

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    1. Pues sí, plebeyo. Nunca se sabe qué o quién o cuándo.
      Para ello, abrir bien los ojos... ¡y el alma!

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