domingo, 25 de septiembre de 2016

Ódiame

Fotografía de Estitxu Ortolaiz

Él siempre sacaba la misma foto cuando paseaba. Nunca le pregunté por qué lo hacía. Me hacía gracia caminar a su lado y saber que iba a pararse, mirar hacia la montaña y tomar la imagen. Supuse que algún día me lo contaría. Todos estamos hechos de pequeñas manías.

Él decía que conmigo todo era muy sencillo. Que era divertida, que lo calmaba y que sobre todo, le permitía sentirse él mismo. Libre. Yo callaba. Sentía que muchas de esas frases no requieren de respuestas. Él afirmaba cosas que me conmovían. Pero tampoco se lo dije.

Él me deseaba como se desea una piedra preciosa, o un gran viaje, o... ese algo que cada cual puede desear mucho. Tampoco le dije que temía al deseo. Que el deseo es una ilusión que de no alimentarse se funde, como una bombilla tras el resplandor.

Anoche me escribió. Eran las cinco de la mañana cuando recibí su mensaje:
-¿Duermes?
-...
-¿Te he despertado?
-...
-Bueno, solo quería decirte que sigo pensando en ti.

Me revolví en la cama no sin antes estampar el teléfono contra la pared. Solo tardé dos minutos más en levantarme, reiniciarlo y responder.
-¿Sigues pensando en mí a las cinco de la mañana?
-Perdona, no me atrevía a escribirte antes.
-Si lo haces a las diez quizá podamos charlar un rato. Ahora no tengo nada que decirte. Buenas noches.
-He sido muy torpe otra vez.
-...
-¿Sigues ahí?

Cuando le conocí me pareció un hombre que sabía lo que quería. Al menos, conmigo. La vida ya es demasiado compleja como para saber hacia dónde tirar. No obstante, él tenía muy claro el rumbo conmigo, el problema es que yo nunca lo supe. O lo interpreté mal, o a mi manera. Cuanto más me quiso, peor me cuidó. Y cuando más me necesitó, más sucumbí yo a un papel que no me correspondía.
-¿Puedo ir a verte?
Remoloneaba, me miraba en el espejo, me daba cabezazos contra la pared preguntándome por qué continuaba con aquello y finalmente decía:
-Bien.

Después todo era muy predecible. Junto con la ropa también me desvestía del corazón y cuando tras un par de horas de sudores varios se iba, procuraba olvidarme de reponer mi órgano fundamental. Porque sabía que la talla de mi alma había cambiado, que apretaría, que me ahogaría. Esto, él tampoco lo supo.

Siempre he pensado que debió imaginarlo. Que debía intuir el estado en el que me dejaba después de cada encuentro. Pero cuando al cabo de unas semanas e incluso meses, regresaba como si todavía fuéramos dos desconocidos tratando de descubrirse, con mi ropa, ya mi corazón no se caía. Me había vuelto tan de piedra que ni podía con él.

-Estoy seguro de que me odias.
-No.
-Sé que esto es una mierda, es poco, es insuficiente, es... Venga, por favor, dime que me odias.

Continuamos durante un tiempo siendo mucho peor que dos desconocidos. Librando batallas que a día de hoy me parecen ilógicas tan solo por no soltarnos, por no hacernos más daño, por no ser francos el uno con el otro. La última vez que nos vimos, él llevaba a su hijo al colegio. Como cada día, paré en el "stop" mientras los veía entrar en el edificio. Tenía tutoría, llegué un poco más tarde. Nos estrechamos la mano y ella empezó a formularme preguntas sobre el niño como si las llevara todas apuntadas en una libreta. Yo me concentraba en la respiración mientras él miraba al suelo.

-Por último, quería preguntarle una cosa. No sé cómo darle la noticia de que va a tener un hermanito.
-¿Sí? -exclamé de repente, sorprendiéndoles a ambos-. Vaya, felicidades.
-Gracias -dijo ella emocionada poniendo la mano sobre la rodilla de él.
Parecía ridículo sentado en una silla de primaria, haciéndose por segundos más y más pequeño ante mí. Me envió un mensaje al salir que decía "lo siento". ¿Lo sientes? Tampoco respondí.

-¿Sigues ahí? Entiendo que no quieras ni verme. Que me odies. Yo...

Mientras veía cómo en la pantalla ponía "escribiendo", le respondí. Hablé con sinceridad por primera vez en muchos meses. Su mensaje no me llegó, porque paró en seco cuando las dos flechas se tornaron azules y leyó mi texto.
-No te equivoques, me odio a mí misma.

Nunca he sabido si siguió sacando fotos al mismo lugar.

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Esta tarde una mujer en silla de ruedas me ha pedido que la ayudara. Había empezado a llover, iba en tirantes y me ha pedido si podía sacarle de la mochila un jersey.
-¿Lo tienes aquí?
-Sí.
Al sacarlo, me he dado cuenta de que pesaba un poco. Llevaba la alarma que suelen poner a las prendas en las tiendas.
-Esto... quizá deberías quitar esto de aquí.
Me ha mirado un par de segundos antes de responder mientras accedía a que le pusiera la chaqueta.
-Sí, algún día me pasaré para no tener problemas.
Cuando ha seguido su camino, no he podido dejar de pensar en las múltiples circunstancias que hacían que ella siguiera llevando la alarma puesta. Ninguna ha sido buena.

Al igual que ninguna es buena para justificar el odio, ni el rencor. Conozco personas maravillosas que se odian a sí mismas por haberse dejado herir. Por haber confiado, por haber dañado a quienes querían. Creo que es muy triste cargar con esa culpa, atacarse a uno mismo cuando en el peor momento es cuando más necesitas abrazarte. Y no digo que te abracen, digo que te abraces tú. Que te aceptes, que te permitas tus errores, tus aciertos, tus meteduras de pata y todas esas alarmas que no sonaron cuando abandonaste algún lugar. Lo que nos llevamos de bueno es aquello que seguirá abrigándonos cuando llueva, cuando llores. Porque somos la suma de alarmas que sonaron y no quisimos escuchar en determinados momentos. El libre albedrío consiste en elegir y ser consciente de las consecuencias de cada elección.

El mundo está muy revuelto esta temporada, no os agobiéis. Son sólo alarmas que suenan, como despertadores. Después, te levantas y continuas. Siempre es igual.

Sed buenos, gracias por leerme  y escuchad esta canción. Hoy me ha dado por buscar un tema que tenga tanta fuerza que digas ¡sí! Los Black Sabbath a los que debo muchas más escuchas. Y el Ódiame de Bunbury, que nunca me deja indiferente.

"ódiame por piedad yo te lo pido 
ódiame sin medida ni clemencia 
odio quiero mas que indiferencia porque 
el rencor quiere menos que el olvido"
Nos leemos, besos mil en este septiembre de tantos proyectos en marcha.
¡Ah! La imagen, otra de Estitxu. Conecto con su sensibilidad. ¿Por qué esta? Por lo que os sugiera. A mí me dice tantas cosas...

Muaks!

martes, 6 de septiembre de 2016

Mens sana in corpore... de aquella manera.

Foto: Oscar Rivera
Tal cual. Y es que me gusta mucho la buena vida, la contemplación, los pintxitos y la cerveza. Soy de las que veo a la gente correr y me intriga saber en qué irán pensando. Porque no me creo que sin un balón se pueda correr y disfrutar. Será que nunca me he considerado deportista, sino jugadora de baloncesto. Pero aquella etapa terminó. Veinte años en una cancha son muchos años, muchos golpes, mucha disciplina y un momento en que las jóvenes llegan y tu vida, también, tiene que mirar hacia otro lado. Yo soñaba con recuperar las ocho de la tarde. Esa bendita hora en la que podrías elegir si quedarte en casa, irte a dar una vuelta, quedar con alguien, o dedicarte al nadismo más absoluto, en vez de ir a entrenar día tras día, noche tras noche.

Hace ya tres años que no hago nada de nada. Que río, lloro, me preocupo, me enfado, me rebelo contra el mundo y contra mí misma y a las ocho de la tarde, estresada o feliz, preparo la cena para la peque y para mí, o me tiro en el sofá o escribo o leo. Y el cuerpo, lo nota.

Llevo tres años tratando de cuidar tanto mi mente y mis estados, que el cuerpo dejó de tener su forma y su elasticidad, porque me emperré en que lo primero era sentirme fuerte por dentro, recuperar mi equilibrio interior... pero no me digáis cómo, tras este verano, he sentido que no puedo expandirme más. (Bueno, tal vez la ruptura de unos vaqueros nuevos al intentar subirme a una moto tuviera algo que ver, jajajaja).

Es complicado empezar a moverse. Me siento torpe, rígida y lenta, muy lenta. Es difícil luchar contra los recuerdos que tu mente te lanza sobre quién y cómo fuiste en una cancha, y aunque nunca destacara por mi velocidad, jaja, no se me dio mal del todo. Me quedé embarazada con 28 y gané 20 kilazos. 4 fueron de la propia niña, vasca, por lo que leéis, jeje. El resto, se fue yendo poco a poco. Con el divorcio perdí 17, y me quedé tan escuchimizada que mis amigas me llamaban "fea" y me pedían chicha. Poco a poco, la cogí. Y lo que tiene la felicidad, que se ha desbordado por mi cuerpo. Que mi metro ochenta y tres engañan y disimulan, pero mi ropa no. Y no entrar, me fastidia. No aspiro a posar en ninguna revista de fitness ni a lucir un palmito para nadie. Solo quiero volver a moverme y sentirme liviana. Ágil, flexible y activa. No creo que sea imposible. Creo que solo es cuestión de voluntad y de aceptar, que esta parte ahora mismo, equivale a quererme también por fuera.

He encontrado el por qué a muchos de mis recelos con el deporte. Uno, que nunca lo tomé como algo que me sirviera para cuidarme. Era pura adrenalina, competición, jugar y jugar a encestar, a mejorar, pero no a observar los musculitos y todo lo que aporta. Dos, durante estos años, me he dado cuenta de que me resultaba tan importante demostrarme a mí misma y al resto que estaba "sana" por dentro, que mi cuerpo, ¡bah! , me daba bastante igual. Necesitaba sentirme fuerte, valiente, reconstruida. Ahora que empiezo a estarlo, hubo un punto de inflexión y no fue solo el pantalón. Fue la desidia tan pegada a mis ganas. Darme cuenta del autoboicot y de que solo tengo 36 y si me dejo ahora, ¿cuándo volveré a encontrarme?

Así que he empezado a hacer deporte. Siento que es como empezar a meditar. Que todo tipo de ideas surcan tu mente y todas te dicen que lo dejes que no sirve para nada. Llevo dos días. Me río sola en casa frente a los videos de youtube y me río más al darme cuenta de que lanzo juramentos en hebreo porque me duele todo. Salto y noto la lesión del tobillo de hace años, cojo una mancuerna y mi dedo roto se lamenta, me siento y rezo a la instructora que no me pida levantarme... y al acabar, hasta me aplaudo. ¡Ja! No digo porque yo lo valgo, sino un divertido: "anda que Itzi... ¡vaya lo que se te ha ocurrido ahora!".

Día 2. Soy la Eva Nasarre del siglo XXI
No tengo un objetivo marcado. Si logro llegar al día 21 como la Samantha de la tele decía, me doy por satisfecha si luego tengo ganas de seguir un 22. Pienso que si fui capaz de dejar de fumar de una forma tan sencilla, solo diciendo que lo haría y punto, esto también puedo hacerlo. ¡Que mi cuerpo tiene que tener algún tipo de memoria deportiva, no? Porque si no, vaya mierda haber dedicado 20 años a algo que solo deja huella emocional, ¡con lo que he sudado! Me falta un equipo para motivarme. Echo de menos a mis chicas y el sonido del balón constante alrededor. Así que V me dijo que escribiera. Que lo compartiera, que esto me motivaría y me ayudaría a unir mis dos pasiones. Bueno, el deporte no es una pasión, no voy a venirme arriba ahora con el discurso. Escribir sí. Así que nueva vida que comienza en este septiembre caluroso. Regresar a casa de la ofi, rutinas de ejercicio (deberían llamarles de otra forma y no rutinas, rutina suena a cansino, aburrido y Mordor), y continuar con mis textos y mis proyectos literarios. ¿Lo conseguiré? Ojalá.

Baby me decía esta tarde, "ama, yo voy a ayudarte en lo que quieras". Y seguido me ha dicho que no bajo el culo lo suficiente. ¡Ja!

En fin, no me extiendo más que para ser el primer día creo que ya he contado bastante.
Me siento algo mejor. He expulsado demonios con cada gotita de sudor, incluido todo lo que pienso sobre el "ca..." que me ha rallado el coche. Y ahora a cenar, a charlar un ratito, leer, escribir o lo que surja. Me motiva compartirme, siempre lo ha hecho. Así que si has llegado hasta aquí, GRACIAS.
No entiendo la vida como un deporte solitario, sino como un camino de equipo. Sea como sea.

Sed buenos, haced aquello que os haga sentir bien, pero estad siempre seguros de que lo hacéis por vosotros y no porque la sociedad nos acribille a mensajes subliminales y directos sobre el cómo debemos estar y dónde está la cima de la felicidad. Todos somos tan distintos que llegamos a ser únicos y especiales. Con kilos de más, de menos, o redondos e ingrávidos como almas y estrellas.

¡Hey! Que no me olvido de la cancioncita... Imposible que no suene Bunbury. Hace menos de una semana lo vi en directo en Valencia y aún resuena en mi corazón. Como la compañía que tuve. Mis dos amores. Mejor imposible. Que suene entonces él, y este temazo. "De todo el mundo".


"Que no interrumpa lo cotidiano 

mis pensamientos. 
Que no me dejen sin mi sustento 
en vano.



Que no me atrape lo mundano 
si prefiero no estar quieto.
Que no me pongan en un aprieto 
por algo que no está en mi mano.



Que no me consuman si como sumo 
soy un regalo. 
Que no le cause a nadie espanto 
si yo mismo me acuso.



Soy vagabundo, siempre de paso de 
aquí de allá, de todo mundo. 
No tengo dueño, no soy tu esclavo. 
Un poco tuyo y de todo mundo..."


Besos mil y hasta prontito, que regresar al blog siempre es como respirar. 
Muaks! 

Itzi

miércoles, 20 de julio de 2016

Expresionistas del día a día

El grito - Munch
A primera hora de la mañana he leído un tuit de esos que me han dejado pensando:
"Fuerte es quien llora a escondidas y ríe en público". 

¡Uff! Mira que es una frase sencilla y mira que me ha hecho pensar. ¿En serio? ¿En la hipocresía de reír cuando uno llora radica la fortaleza de uno? Quizá debieran haber escrito que uno es valiente, o corajudo o... ¿humano?

¿Por qué está tan mal visto llorar en público? ¿No es natural? Dejamos para la recámara muchas de las emociones más normales y universales y vamos por la vida con la máscara de superhéroes y de pestañas haciendo ver que nunca pasa nada, cuando a veces, por circunstancias "equis", nos pasa de todo.

Siempre he envidiado a quienes caminan como si no se mojaran con la lluvia. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden usar ese chubasquero emocional y dejar aparcados los problemas en el rincón? Muchas de esas personas me han respondido: "también soy humano, ¿eh? No creas, pero lo oculto".

Ocultar. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Ante quién?
Creo que muchos de los momentos más de verdad de mi vida tenían lágrimas. Felices y amargas. Pero lágrimas. Mías y de otros. O nervios, o uñas mordidas, o inseguridades, o retos, miedo... Y gritos. Muchos gritos. De rabia, de frustración y también de placer.

Fuerte no significa disimular. Fuerte significa volver a intentarlo a pesar de todo.
Fuerte es llorar, y sucumbir.
Porque fuerte es quien con el corazón encogido afronta el nuevo día y sigue hacia adelante sin rendirse aunque tenga ganas de tirarse al suelo.
Fuerte es quien abre su corazón de nuevo aunque éste aún tenga reminiscencias de antiguas heridas.
Y es que fuerte debería ser sinónimo de valiente, y de humano. De ti y de mí.

No conozco a ningún valiente ileso.
No puedo empatizar con quienes no muestran jamás sus sentimientos y ocultan sus emociones. Sin embargo, tengo una afinidad especial con todas aquellas personas que, sencillamente, viven como sienten, y se comparten.
Espejos de la realidad que vivimos y que te hacen aprender con su honestidad.

Gente bonita que avanza, antes o después, pero que continúa: a veces, con el empuje de la risa y otras, con la fluidez que aporta el llanto.

¡Qué bueno poder compartirte y sentirte acogido por otro "fuerte"!
¡Qué bueno tener un espacio donde gritar al vacío!
¡Expresionistas del día a día! Tal cual.

Un beso, y una canción para mis blogueros bonitos. La última de Depedro: Déjalo ir. 
La escuché ayer y hace eco en mí. Que os guste. A mí me encanta.

Sed buenos.
Muaks!


lunes, 18 de julio de 2016

Monotonía

Si usted aprende lo que el mago ya sabe, se acabó la magia.
No sé en qué momento pasó. No estoy segura de cómo llegué a sentir esto, pero sucedió. Un día empecé sin querer a pensar de más y me encontré ante un precipicio que sabía de antemano que jamás saltaría, y al que sin embargo, no dejaría de asomarme ni un solo día.

Sé que te quiero para el resto de mi vida. Sé que tú eres mi familia y mi amigo y mi todo. Que no podría elegir a nadie mejor que tú. El padre de mis hijos, ¡sí, el compañero perfecto! No obstante, llevamos tantos años juntos que a días siento que me he perdido una parte muy importante de la vida. ¿Recuerdas que nos besamos por primera vez hace más de treinta años? Fuiste mi primer beso con lengua. No he besado a nadie más. Te extraña que te hable de estas cosas y mira... tampoco he hecho el amor con nadie más. Y no, no es que quiera otra vida, pero sí ansío otras experiencias. Y a ese precipicio me asomo cada día. ¿Y cómo dejar de pensar en ello? Hay tanto que siento que me he perdido...

Estamos dentro de una monotonía en sintonía, rutina llámalo si quieres. Me gusta, me aporta estabilidad, nos da seguridad. Todo permanece en su lugar si estamos juntos, como las fotografías que están desde siempre en la repisa del salón. Hay días que me aburro. Que me siento vacía. No puedo decírtelo. Pensarías que he dejado de quererte, o se instalaría la duda dentro de ti... ¡Y no tengo dudas! ¿Te queda claro? No dudo. Pero extraño algo que no tengo. ¿Quizá lo he idealizado? Puede ser.

También hemos sido educados para seguir un camino recto, sin bifurcarnos para no pecar. Imagina que tengo una noche loca. ¡O conozco a Christian Grey! ¡Qué escándalo! ¿Te acuerdas lo que te enfadaste porque leyera un libro así? No te gustó saber que me había puesto "cachonda". Incluso el término te hirió y a mí me costó decirlo. ¡Dios mío! Te sentó fatal. Era la primera vez que te expresaba un deseo tan reprimido. Cuando leíste el primer volumen dijiste que era nefasto, pero esa misma noche te giraste en la cama sin darme una ración mejor de cuerpo y piel. Los años hacen que el sexo se desvirtúe. O quizá nunca ha sido bueno, o quizá solo es simplón. O el porno nos ha hecho mucho daño en la imaginación... A lo que iba: imagina que salgo de la línea trazada. Solo un rato, solo una noche. No tengo dudas, te amo, te quiero para el resto de mi vida... ¿Me perdonarías? ¿Me perdonaría yo a mí misma? ¿Y si cuando entra una nueva corriente de aire en la vida uno ya no vuelve a ser el mismo?

Miro al precipicio mientras hago la comida. Llegarás a las dos. En quince días nos vamos a Lloret de Mar. Los niños bien, crecen. ¿Tú nunca has pensado en otra vida? Doy la vuelta a la tortilla. Cuando llegues te daré un beso. Todo estará bien. Todo está bien. Quizá después vuelva a fantasear. Quizá estoy en la cúspide de la felicidad y no lo sé apreciar. Quizá deseo demasiado para mí y la vida no es desear sino apreciar. Quizá un día me dejes. No, ambos sabemos que eso no pasará. Nos quedaremos solos cuando muramos y entonces seremos demasiado viejos como para desear otra vida. Desearemos el pasado que perdimos. A nosotros mismos. Y yo no consigo quitarme esta idea de la cabeza, como una canción del verano pegajosa donde alguien silba feliz y repite estribillo.

¿Dónde quedó el factor sorpresa? ¿Cómo dejar de pensar? ¿Cómo se evita la culpabilidad de lo no cometido? ¿Cómo se reprime el deseo? Igual te lo pregunto tras el postre, si me atrevo. No te temo. Temo tus dudas y que desconfíes de mí. Desearía que te pasara lo mismo. Aunque... ¿sería yo capaz de perdonarte? ¿Sería capaz de soportar que ha habido otras manos en tu piel?

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Temita de lunes: Quizás, quizás, quizás, cantada por Gaby Moreno. Curiosa versión.

Y curiosos pensamientos sobre las contradicciones y las dudas del ser humano. ¿Qué intensa, verdad? Runrunes e ideas que como siempre se mezclan y explotan en forma de entraditas. ¿Lo echábais de menos? Yo sí.

Cada decisión implica una renuncia. Cada día elegimos y renunciamos. Cada día sabemos por qué continuamos aquí o allá. Lo triste es cuando no tenemos respuestas de por qué seguimos donde estamos... ¡Ja!

Ahora a discurrir, a seguir disfrutando del verano y de quienes nos quieren. Aunque opto por disfrutar de poder querer y llevar la voz cantante en el amor. Amar... ¡ohhh!

Besos de lunes.
Sed buenos.

domingo, 3 de julio de 2016

De resacas, hielo y fiestas.

"Y me preguntan qué me pasa, y yo no sé qué contestar". Manolo Tena
Han pasado tres días desde que acabaron las fiestas. Mañana vuelvo al trabajo y la verdad, no me apetece. Sé que no soy la única que no está donde quiere estar, y por suerte, tampoco la única en soñar con un futuro mejor o más acorde a mi sentir. Pero a veces la vida es lo que te va tocando, hasta que reúnes el coraje suficiente como para dar otros pasos y soltar amarras hacia otro lugar. Y quien dice lugar, dice personas, o soledades.

Las fiestas dan para mucho: reencuentros, charlas y encontronazos. Besos largos y también escupitajos. Realidades para llorar de risa y realidades para llorar con congoja. Muchos días, mucha exposición y mucha verdad en las personas con quienes te cruzas. A algunos, no les hace falta ni beber para mostrarse y otros, necesitan unas copas para hablarte. 

Gente que te deja helada con su actitud, gente a la que es imposible comprender porque está cegada por la ira, la envidia o los celos y personas, por suerte también, que te hacen flotar como cubitos de hielo en un océano, danzando libremente y sin control. Gente iceberg, que muestra poco pero esconde mucho y lágrimas que derriten fachadas construidas a base de orgullo y amor propio. 

Resacas emocionales, de amigos que pasan a ser desconocidos, de conocidos que se transforman en enemigos, de amores que siguen siendo amores: pasados, cuajados y presentes. 

Las fiestas son sinónimo de tradiciones, de días de la marmota que año tras año se repiten con escasas variaciones. Este año me ha asombrado sentirme tan distinta, tan ajena e incierta, tan perdida y confusa. Galeones abandonados o con las tripulaciones renqueantes o desmotivadas, luchando aún en viejas guerras, difícil panorama para encarar un presente común. 

Y los días pasan, y llueve y amanece y sale el sol, y ves a tu gente llorar, emborracharse, huir, pelear, soñar e intentar salir a flote como sea... Y te ves a ti misma igual y tan distinta, que deseas que el tiempo pase más rápido para poder escapar también y volver a la rutina que aborreces para sentirte cómoda, porque el desconcierto nos sienta fatal. 

Hay un gran poso de tristeza tras cada encontronazo y, al mismo tiempo, una gran satisfacción personal por ser quienes somos, coherentes y fieles a nosotros mismos, luchando por lo único que nadie nos podrá arrebatar jamás: la paz interior y nuestra particular manera de sentir.

No podemos ser quienes no somos, ni podemos volver a ser quienes fuimos. Todo pasa, hasta nosotros y, dentro de un tiempo, nadie hablará tampoco de esto. Los días se superponen, los sentimientos van cambiando y la persona que éramos se va modelando para encajar en este mundo que cada día está más loco. Un mundo donde unos abogan por los cambios y la cordura del amor y otros, defienden con violencia ideologías y egos que ni siquiera comprenden. 

Resaca de hielo y fiestas, de holas y adioses y de cambios que se producen en microsegundos. El "click" mental que te hace dar un paso adelante o un paso atrás. La alarma que se programa automáticamente en ti. Sin que pase nada, sucede todo. Y continúas viaje, porque sabes que hacia adelante es el único camino hacia donde tienes que mirar. Y en lo más remoto de ti, a pesar de todo, de todos y de muchos, sabes que no estás sola, aunque muchos días lo sientas así.

Es lo que tienen las resacas, dicen. Vienen y se van. Y hasta la siguiente ola. 

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Durante esta semana mucha gente me ha pedido que escriba. Ha sido curioso, porque inconscientemente, había dejado un poco de lado el blog y fijaos que siempre me reencuentro en estas historias. No obstante no tenía historias que contar o resumir. La madeja se ha hecho enorme entre tantas experiencias compartidas y vividas. Así que esto ha salido hoy, y por ello os pongo ahora este temazo:  https://www.youtube.com/watch?v=DRnMIFY_gVU
Mañana de Mikel Erentxun, versionada por el gran Manolo Tena. Pedazo versión se curró. 

"...Cuando no sean noticia las canciones que escribí 
pensando en ti 
cuando mi contestador esté vacío de gente 
que no me amó ...
Dejaré de hablar de cosas que no he conocido 
ni conoceré 
dejaré de hablar más alto para hablar más claro...
Siempre quedará mañana, la mañana de mañana, junto a ti."


Un beso a todos los que me seguís y leéis. Sé que siempre encontráis un pedacito de vosotros en estas letras y quizá por ello debería escribir más a menudo, pero la intensidad del día a día me puede y a veces, hasta a mí misma que me cuesta muy poco hablar de sentires y emociones, me bloquea. Pero lo haré. Creo que la única forma de alimentar la alegría es construyéndola y compartiéndola. 

Sed buenos y continuad el viaje, hasta la próxima parada.
¡Nos leemos! Un besazo. 

jueves, 2 de junio de 2016

El lago de los cisnes

El lago de los cisnes - Michael Parkes
Siempre pensó que debería haber aprendido a tocar algún instrumento. Le parecía interesante poder expresarse de otra forma que no fuera con palabras. La gran mayoría de las veces se le quedaban cortas o erraba en su exposición y acababa diciendo lo que no quería decir. Perdía paciencia y personas, relaciones que se quedaban en el limbo extraño de los malentendidos.
Mil equívocos después, se detenía frente a los escaparates y miraba las guitarras, violines y flautas con un anhelo, mezcla de admiración y pereza. Nunca había sentido la apremiante necesidad de comunicarse con alguien tan desde dentro a pesar de todo.

Hasta que la vio. Como un cisne, apareció nadando en sus aguas oscuras e iluminó con su presencia el lugar y su mundo. ¿Cómo era posible? Él, que lo más que esperaba de la vida era que esta no le diera demasiados quebraderos de cabeza y le permitiera seguir manteniendo sus rutinas, de repente, se vio dentro de una espiral de deseo incontrolable.

-¿No serás una sirena, no?
-Puedo serlo, pero no.

Se sedujeron como lo hacen los animales, a base de olores y roces, hasta culminar en ese encuentro tan puro y salvaje como es el sexual. Tras un primer orgasmo que lo vació vinieron otros, y otros, y lejos de acallar el deseo, con cada encuentro, crecía.

-Es extraño esto que me provocas.
-Lo sé. Yo también lo siento.

Ella hablaba poco. Lo miraba mucho, parecía que lo analizara y sin embargo, ella solo lo observaba.

-Me gustaría encontrar las palabras adecuadas para cada momento y sensación -dijo un día-. Cuando tú crees que no tengo nada que decir, es al revés, me ocurre que no encuentro las palabras. Que temo equivocarme y decir lo que no es. Decir que te deseo menos de lo que lo hago o que te amo más de lo que siento.
-¿Cómo?
-¿Ves? No disponer de las palabras correctas es un problema.

Al día siguiente, gastó sus ahorros en un violín. Ella le había dado la clave. ¿Y si la compañía que le falta a mi presencia la pone mi música? Fue difícil aprender, costoso y frustrante. Cada tarde durante sus desastrosos ensayos, ella lo escuchaba paciente sin poner ningún gesto de aburrimiento o desesperación cuando las notas no sonaban con la cadencia que debían hacerlo.

-¿No te cansas de oírme?

Ella no respondía más que con sonrisas. Le seguían faltando palabras. Hasta que un día... la melodía sonó. Al principio él se sorprendió del sonido, ¡lo había conseguido! Ella, muy despacio, se acercó hasta él y lo besó.

-¿Quieres que hagamos el amor?
-Quiero que bailemos.
-No sabía que supieras bailar.
-Y no sé, pero necesito hacerlo.

Él dejó el violín en el suelo y sin música, bailaron hasta acabar, como cada vez que se tocaban, haciendo el amor sobre la alfombra.

-¿Así que te ha gustado que me haya convertido en un violinista, eh? -preguntó ufano.
-Lo que me ha gustado, ante todo, ha sido todo lo que cada día has hecho por nosotros.
-¡Wow! Vaya declaración... ¿no decías que te faltaban palabras?
-A veces solo es cuestión de encontrar el momento y el ritmo adecuado, mi amor.

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Anoche encontré este imagen de Michael Parkes. Puedo pasarme horas mirando sus pinturas. Están tan llenas de melancolía y belleza que no sé por qué me gustan tanto, quizá, porque me sugieren historias como esta. La de ese cisne que brilla más cuanto más se le permite brillar con sus luces y sus sombras. Cuando encuentra la vía de expresión adecuada, cuando comparte su soledad y se deja amar.

El mundo está cada día más loco. Cuesta encontrar la belleza en el día a día y a pesar de todo, sigo considerándome una soñadora incansable, porque busco la emoción constante, el placer estético y el amor. Me siento afortunada por tener quienes me sostienen cuando me tambaleo y quienes me permiten ser yo, en todas mis facetas, hasta en las más oscuras, dando sentido a mi locura particular.

El deseo, el sexo y el amor van estrechamente ligados. Pueden desligarse fácil, no obstante, pero acaban siendo como un violín tras un escaparate y una historia sin personajes. Una canción sin melodía. Tacto y contacto.

Sed buenos.

Os dejo esta vez un regalo de canción, que a su vez, me regalaron:
Cuando te empecé a querer, de Juanito Makandé. 

"...cuando estoy contigo, soy mejor persona y todo tiene más color..."

Me parece un tema sublime.
Que os guste.

viernes, 20 de mayo de 2016

Diarios de un día. Día 1

Nunca me ha gustado que suene el despertador. Ni aunque ante mí tenga el que considero en ese momento que va a ser el mejor día de mi vida. Si hiciera el cálculo de mejores días de mi vida quizá me sorprendería de la cantidad de buenos que ha habido, sobre todo, sin haberlos previsto. Llegaron.
Esta mañana cuando ha sonado, en cambio, no me ha molestado como otros días. Y no había nada atractivo en la jornada como para no protestar y dejarlo sonando. Tal vez que ayer cambié la música y como siempre, ésta me ha teletransportado directamente a una emoción. A una buena.

Iba en el tren. No había demasiada gente y solo se escuchaba el traqueteo. Nada más. El movimiento que te mece y tu mente que parece que se escapa de ti y te deja tranquila. Como cuando meditas o te relajas mucho, o justo ese momento etéreo antes de dormirte.

Anoche me acosté preocupada y sé que no debo. Que preocuparse es anticiparse a algo que posiblemente no vaya a suceder... pero ante determinados acontecimientos, cuesta parar la mente. Y la bola de nieve se va haciendo más y más grande hasta convertirse en alúd. Pasando de tener un simple runrún a luchar contra molinos de grandes aspas y a un Sancho que no viene a socorrerte.

La soledad es muy compleja. Uno se acostumbra tanto a ella que a la primera de cambio da un portazo y corta conexión. La paciencia es mínima, la tolerancia, también. Creo que los solitarios vocacionales se vuelven muy caprichosos. Estiman tanto sus espacios que no aceptan que nada les turbe, ni aunque sea por su propia evolución y mejora.

Entonces, ante nuevas tesituras, el solitario se remueve, se agita, se vuelve loco consigo mismo porque no se encuentra en su soledad y... no hay trenes suficientes para viajar, ni distancias tan largas como para recorrer. La ansiedad se queda en el pecho, la huída también. Uno aprende que el viaje siempre ha de ser hacia adentro para poder extrapolarlo y ahí, justo en ese trayecto, el peaje suele ser muy caro.

Suenan canciones, ves personas vibrando al ritmo del rock, abrazos, besos, lágrimas, despedidas y reencuentros y, giras como una noria, integrando que un adolescente se suicida de repente, que hay accidentes a todas horas, secuestros, violaciones, asesinatos, y llamadas de teléfono sin respuesta.

La vida, la puta vida con todos sus claroscuros. Luces y sombras y el terrible esperpento para algunos. A mí me sigue pareciendo maravilloso. La locura como único punto de cordura. La invención, la creatividad, las nubes.

Buscar para encontrar una sombra de quienes fuimos. Los recuerdos están tan decorados que ya ni los reconocemos con el tiempo. O a veces, duelen tanto, que preferimos silenciarlos. Los recuerdos en silencio no viajan. Solo viajas tú repitiendo el mantra: "aquí y ahora". Pero a veces no se puede. Te atrapan, te despiertan otros despertadores que le quitan las telarañas a tu olvido y recuerdas... Viejas ilusiones, viejos sueños, grandes fracasos y pérdidas, y un camino tan largo como pasado y un camino tan largo como futuro.

Aquí y ahora, ante un folio en blanco, hoy toca hablar de soledad con uno mismo. De soledades en plural, una por cada uno de vosotros y vuestras circunstancias, y otras soledades, las que se suman entre dos que nunca más se encuentran y continúan el viaje.

Nubes, despertadores, sueños y pesadillas, holas y adioses y finales con punto final intenso. Y soledad de sentirte solo, pequeño y olvidado; soledad de saber que es pasajero, como cada fotograma del paisaje que visitamos. Por suerte, y también por desgracia.

Echar de menos. No sé si hay un sentimiento más desestabilizante. La nostalgia y la melancolía te atontan. ¿Dónde están mis amigos? Eso cantaban Los Suaves. También Manolo Tena gritaba al vacío y tantos... Es necesario viajar al centro de uno mismo de vez en cuando para reajustarse por dentro. Pero no os quedéis, no te quedes, no me quedo. Hay que vivir fuera. 

Diario de un día. Así nos va. Y el silencio me da la razón.

https://www.youtube.com/watch?v=KBPTOkKkDfo

Silencio. Aurora Beltrán y mi Bunbury. No podía usar otro tema hoy. A veces uno pierde el sentido de las cosas y la música y escribir son las únicas armas que conozco para recuperarlo, o al menos, para encontrar el camino de vuelta a casa, tras el viaje.

Un beso.