miércoles, 12 de noviembre de 2014

Ana y los sueños

Edward Hopper: "El pintor del silencio y la soledad".
Ana se enciende otro cigarro y echa el humo por la ventana mientras contempla el paso de las nubes. Está anocheciendo. Hace frío. Tiene las manos congeladas pero no le importa. Los colores del otoño bien merecen un resfriado. Además, necesita aire. Con la última calada aspira también el vacío. Nunca le ha gustado noviembre. 

Ha cambiado de marca de tabaco porque ha pensado que así, tal vez, esté comenzando algo nuevo. Aunque sea una nueva pregunta en un nuevo encuentro, casual, como antes:
-¿Ahora fumas esto?
Y ella tendría una respuesta ocurrente. Una idea nueva, un hilo del que empezar a tirar hacia un nuevo lugar. Nuevo, nuevo, nuevo. Lo repite constantemente. Lo necesita. Porque no puede continuar viviendo de recuerdos viejos.

Si fuera sorda hubiera sido más fácil. O muda. O fea. O invisible. Él no le hubiera confesado sus sueños, ella no se hubiera creído capaz de cumplirlos y ninguno de los dos hubiera esperado nada del otro. Quizá tampoco hubieran tenido una bella historia. Sin embargo eso ahora le da igual. Anochece y hay demasiado silencio a su alrededor. Ha llovido y la humedad ha calado hasta el alma. No ha llorado porque no le quedan lágrimas. Hace poco leyó en una revista que las mujeres pueden hablar más que los hombres porque sus cuerdas vocales son más cortas y liberan menos aire al transportar el sonido. Sonríe porque ha pensado una tontería. Se ríe imaginando que es cierto; quizá esté cambiando de sexo y no se ha dado cuenta porque ya apenas se comunica con nadie.

-Prométeme que aunque yo te haya fallado, no dejarás de creer en el amor.
Sigue mirando por la ventana. Solo las farolas iluminan la calle. Se escucha algún perro ladrando a lo lejos. Parecen lobos aullando a una luna demasiado llena. Cualquiera diría que está sumida en sus pensamientos y en cambio, todos estarían equivocados. Ana está dejándose llevar por sus latidos. Pum, pum, pum, pum. 
Hubiera sido mejor no haber escuchado nada. No haber sabido nada. No haber dejado entrar a nadie hasta las entrañas de su cocina y de su cuerpo. Hubiera sido... más... ¿triste? ¿Más triste que la tristeza?

No le dijo si cumpliría o no la promesa. De hecho, no le respondió. 
Toma un café antes de volver a mirar al infinito. Ella nunca le ha contado sus sueños a nadie. Ni siquiera a él. Él tampoco preguntó. Aunque de haberlo hecho, no está segura de si le hubiera respondido. Un sueño ajeno pesa mucho en la espalda. Es una mochila que cuesta mucho cargar si no estás dispuesto a cumplirlo. 

Se acuesta y antes de dormirse un último pensamiento la deja paralizada:
¿Y si la respuesta hubiera sido un sí?
Se gira y vuelve a repetir una y otra vez la pregunta. 
¿Y si la respuesta hubiera sido un sí?
Intenta desviar la atención y un beso lejano asoma. La imagen en su cerebro es tan nítida que casi puede sentir el calor de sus labios. Fue una noche especial. Fue un comienzo y un fin. Fue un noviembre sin respuestas.

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Edward Hopper siempre me inspira este tipo de relatos. Noviembre también. Es un mes lento, gris y que incita a la melancolía. Será el efecto de los días más cortos, la llegada del frío y la lluvia, será...

Hoy he visto a una chavalita dar un tortazo a un chico. Yo estaba parada en un semáforo, en el coche, y él le ha dicho algo que por el gesto, más bien parecía una broma que una ofensa y ella le ha propinado un bofetón que le ha sacado los colores. El pobre chico la ha mirado confuso desde el banco donde estaba sentado. Ella ha intentado quitarle hierro. Él ha bajado la mirada. Tendrían apenas quince años. Ella ha sido tan estúpida que no ha reparado en que le ha perdido en tan solo un segundo. Me hubiera gustado salir del coche y abrazar al chico. Estaba afligido pero su orgullo le impedía llorar. Uno de sus amigos había presenciado la escena, además. 
¡Qué soberbia es la adolescencia! 
En cuanto el semáforo se ha puesto en verde he seguido mi ruta. He pensado en la cantidad de relaciones que nos dañan y que mantenemos a diario por... que sí. 
Al igual que la Ana de mi relato, son relaciones que se mantienen sin tener respuesta. 
¡Qué absurdo sostener una mano que nos daña! 
Hay bofetadas que suenan más fuertes en el alma que un tortazo en la cara.

Que aunque noviembre siga dejándonos sin respuestas, nadie os dañe. 
No os dejéis herir. Mimaros y reclamad vuestros sueños al Universo. 
Si son de verdad, se cumplirán.

Temazo para esta entrada de noviembre: Painted on my heart de The Cult . Impresionante. 
Y esta otra, también intensa que, sin comprenderla del todo, transmite esa sensación de: ¡qué bonita! Pretty, Pretty Once de Dogs D´amour. Un grupo que me presentaron anoche y que investigaré porque me han encantado. Grazie, Mr. 
¡Ah! Y la que ha viajado hoy conmigo en el coche desde por la mañana. Yo me enamoraría de un hombre cantando como Loquillo, Feo, Fuerte y Formal. 

"...No vine aquí para hacer amigos pero sabes que siempre puedes contar conmigo.
Dame una sonrisa de complicidad, toda tu vida se detendrá. 
Nada será lo mismo, nada será igual.
Siempre dispuesto para alegrarte el día..."

Me chifla.
Besosssss y ternura.

4 comentarios:

  1. La historia es muy sólida, como frágil el ser humano y sus relaciones.

    Noviembre es un mes que curte. El auténtico que anuncia el invierno, como febrero.

    Sobre tortazos, aún siento uno, claro que fue merecido, al ser adolescente marxista leninista con disputas ideológicas. Epoca aquella de Loquillo y Trogloditas. Sus canciones fueron mis himnos adolescentes; cumplo lo de feo. Lo de fuerte, a mi manera; lo de formal, sólo en ocasiones contadas.

    Besos

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    1. jajajaja, eres genial, Plebeyo.
      Creo que a día de hoy te puedo imaginar perfectamente en cualquier situación. Recibiendo guantazos, en una batalla verbal ideológica y hasta con tupé.

      Gracias por tus comentarios, siempre.
      Besazo.

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  2. sigue la melancolia pero esta vez de una manera más nórdica. me gusta, te siento mas noviembre en este relato. Adoro tomarme el té en tu pisito blog

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    1. Ohhh, gracias por la visita!
      Opino que si la melancolía se mantiene, quizá es porque forma parte de la decoración de la casa...
      Un beso de diciembre.

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