domingo, 28 de diciembre de 2014

¿Me pones una canción?



-Hola, Señor, ¿me pones una canción?
Juan se dio media vuelta y no pudo contener la sonrisa, ni la sorpresa.
-Perdona, ¿cómo has dicho, pequeña?
-Si me pones una canción.
-¿Una canción? -repitió confundido mirando a todos lados en busca de los responsables de la niña que tenía sentada en un taburete demasiado alto para ella, como demasiado negros y expresivos los ojos que lo estudiaban esperando una respuesta.
-Sí, una canción.
-¿Dónde están tus papás?
-Ahora vendrán -respondió serena-. Entonces, ¿me vas a poner una?
Juan se echó el trapo para secar la vajilla al hombro y se giró hacia el reproductor de música. "¿Y qué le pongo?" , pensó, "¿me estoy haciendo demasiado mayor ya o qué?". La petición le resultaba incluso más compleja que la de cualquier sábado noche.
Ojeó uno a uno los cds y los vinilos ordenados en las estanterías y se volvió para comprobar que su pequeña clienta continuaba frente a la barra, apoyándose con los codos en ella para evitar caerse del asiento.
Eligió a Joe Cocker y la belleza de una de sus baladas "You are so beautiful". En cuanto sonó la voz ronca del cantante de Sheffield, observó a la niña.
-¿Te gusta? Es Joe Cocker. Y tú, ¿cómo te llamas? Yo soy Juan.
-Yo, Amalia. Dice mi mamá que quiere decir "amorosa".
-Es un nombre muy bonito. 
Amalia sonrió. Bajó la cabeza como intentando evadirse de la conversación para escuchar mejor la música y en cuanto acabó la canción, con un saltito bajó del taburete, dio las gracias y se fue.

Juan se pasó todo el día pensando en Amalia. ¿Qué hacía una niña tan pequeña en su bar? ¿Y por qué le había pedido una canción? ¿Y su familia?  
Al día siguiente, más o menos a la misma hora, la pequeña volvió a sentarse frente a él.
-¿Me pones una canción, Juan?
Y Juan, sin saber muy bien por qué, se sintió contento y lo hizo encantado. De hecho, por la noche había pensado en un tema mejor para Amalia, algo más alegre, la Motown y las Supremes, o algo de Tina Turner o sus incombustibles Deep Purple, Los Suaves, Loquillo, Rosendo, la movida madrileña, los ochenta, los noventa ¡Sí! ¡Uff! Había tanta música que enseñar y compartir...

La sonrisa de Amalia se convirtió para Juan casi en una droga. La niña no pedía más, ni menos. Es que ni siquiera le dirigía con sus gustos. Simplemente se colocaba frente a él y esperaba a ser atendida. En el bar empezó a convertirse en casi una tradición la visita de la pequeña. Nunca aparecieron sus padres a por ella y Juan también desistió de preguntar por ellos. A Amalia parecía no faltarle de nada, iba bien vestida, se la veía bien alimentada y lo único que mostraba era interés musical. Juan era un amante de la música en todos sus géneros y estilos. No le hacía ascos a nada excepto a lo electrónico y a la nueva era, para la que reconocía que le había pillado el toro. Rondaba casi los 50.

Se acostumbró tanto a la presencia de Amalia y a su divertida forma de subirse casi escalando al taburete para pedirle una canción, que se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos poder compartir una de sus pasiones con alguien más. Para la música no había edad, por suerte. Daba igual quién fuera quién. Solo se trataba de sentir. A Amalia parecían gustarle las recomendaciones de Juan. Nunca protestaba. A lo sumo, torcía un poco el labio cuando una canción no le había satisfecho. 

Estaba a punto de acabar el año cuando al salir por la puerta, Fede, un cliente habitual del bar de Juan, saludó a Amalia al cruzarse con ella en la puerta.
-Fede, perdona, ¿conoces a esa niña?
-¿Y quién no, Juanito?
-¿Quién es? ¿Vive por aquí?
-No. ¡Qué va! Vive en Irun. Pobrecita. Bueno, pobrecita ella y pobre de su madre. Son vecinas de mi cuñada.
-¿Por qué pobres?
-Su padre falleció en un accidente de coche hace unos meses cuando llevaba a su otra hermana al colegio. La pobre criatura ha quedado con secuelas y continua en la UCI. Ahí enfrente -dijo señalando el hospital-. La madre es una chica joven que no tiene más familia aquí y la verdad, no sé cómo se las apaña con Amalia cuando sube a ver a su otra hija. No dejan entrar niños y un hospital no es un buen lugar para un crío... ¡ni para nadie, por Dios!
-¡La deja aquí! -exclamó de repente Juan, conmovido y confuso-. ¡Amalia pasa aquí el rato en que su madre está en el hospital con su hermana!
-¿Todos los días?
-Sí, Fede. ¡Joder! ¡Pobre criatura! Si es una niña inteligentísima...
-Nadie dice lo contrario. Le ha tocado una experiencia de mierda en la vida. Al menos, ¿le estarás poniendo buena música, no?
-Se hace lo que se puede -rió Juan sin salir de su asombro.
-El padre era músico. Llevan melodías en las venas esas niñas.

Al día siguiente, y casi sin haber dormido por la inquietud que la noticia le había causado, Juan esperó a que llegara Amalia para ponerle una canción especial: Here Comes The Sun de los Beatles. Había tomado la firme determinación de no decirle nada sobre lo que Fede le había contado. 
Pasaron meses. E incluso un par de años en los que Juan se dedicó a descubrirle música a Amalia y al mismo tiempo, a reencontrarse consigo mismo. Fueron unos tiempos fabulosos. La quiso como la hija que nunca tuvo y por muy extraño que fuera, la admiró como a la amiga a quien le confías tus secretos.

Un día Amalia dejó de ir al bar, y otro, y otro, y como si el corazón se le hubiera lacerado por dentro, Juan comenzó a sufrir unas fuertes arritmias que no lo abandonarían hasta unos años después de su jubilación. Su mujer le decía que la pena por esa niña lo había herido por dentro. Él, siempre quiso pensar que la hermana de Amalia había salido del hospital y se había recuperado milagrosamente y que la niña, su pequeña discípula musical, sería feliz en algún lugar del mundo junto a su madre o junto a algún hombre que se perdería en la profundidad de sus enormes ojos negros. Solo deseaba saberla bien.

El día más feliz de su vida no se dio hasta aquella tarde de diciembre, un día de los Inocentes, en que tumbado en el sofá escuchaba Radio 3 y de repente, la locutora, puso nombre a su vida entera:

-...y esta tarde tan desapacible, amigos oyentes, vamos a regalárnosla con este tema del maestro de Sheffield fallecido hace una semana. Joe Cocker y una balada maravillosamente dulce, "You are so beautiful". Fue la primera canción que me regaló mi mentor, un barman del barrio de Amara cuando era una niña, meses antes de que mi hermanita muriera. Un tema que puede arrancar la sonrisa de un niño en las peores circunstancias y grabarse a fuego en las entrañas de cualquier persona dispuesta a vivir. Gracias, Juan, allá donde estés, por transmitirme tu amor por la música compartiéndola conmigo. Disfrutad, amigos oyentes, aquí en Radio 3, Amalia Amorosa. Un placer...

El lunes el cardiólogo no entendió el resultado del electro de Juan.
-Juan... esto... tu corazón...
-¿Qué? ¿Qué? -preguntó asustado mirando a su esposa.
-Está curado. No hay ni rastro de arritmia, no hay anomalías, ¡no entiendo qué has hecho! Pero... ¡continua! 
-Ha sido la niña -repuso orgulloso abotonándose la camisa-. La niña ha vuelto.

Por la tarde, abrazado a su mujer en el sofá, escucharon el programa de radio de Amalia Amorosa. Se sentía pletórico. Su mujer también, sin entender muy bien por qué habían recuperado la alegría. ¡Qué fuerza más incomprensible tiene la música que te empuja y te arrastra de un estado anímico a otro! 
Amalia ponía canciones, daba datos sobre los autores y contaba anécdotas que Juan imaginaba serían inventadas o redactadas por los editores del programa. Se reconocía en muchos de los guiños de la locutora. Y para su fastidio, comprobó que la pequeña había optado por sumarse al grupo de "los raros" y escuchaba mucha música "indie".

-Indie, indie -refunfuñaba hacia su esposa-. Indie, indie... no sé qué se pensarán estos que es la música... ¡Papanatas!

Su mujer no decía nada y escuchaba. No le gustaba todo, pero había canciones que no estaban mal y sabía que aunque gruñón, Juan estaba disfrutando de lo lindo de esos temas, porque para bien o para mal, él también había aprendido que la música es vivir, y la vida, sentir.

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Hace más de un mes, en el taller de escritura que dirijo en la Biblioteca Ikustalaia de Irún, presenté esta imagen que había encontrado en la red al grupo para que me contaran la historia de esta niña. Mi sorpresa fue que para todos ellos (o la gran mayoría), la imagen les producía mucha melancolía y les costó mucho llevarla a puerto. Yo, en cambio, tuve una idea que durante un mes no he podido soltar y es que a mí me sugiere mil historias...

Me he decantado por la de la niña que pide canciones porque tengo una auténtica devoción por todos aquellos que utilizan el lenguaje musical para expresarse, para demostrarte su amor, su compañía, su colegueo, su "lo que sea". Soy una mujer muy afortunada porque durante toda mi vida me han regalado muchísimas canciones en momentos especiales y en días anodinos convirtiéndolos así en mágicos y no pienso dejar de recibirlas porque siempre me sentaré en taburetes imaginarios como Amalia a esperar canciones que me hagan sentir. Y siempre, siempre, prometo tener canciones para quien las necesite o las quiera. Estamos para compartirnos, y de ese lugar sí que no me quiero bajar.

Acaba el año, dedico con mucho cariño esta entrada a Juanito, mi coleguita musical vía Twitter de los últimos tiempos y todos aquellos que habéis llenado mi gramola durante el 2014 con nuevos ritmos. 
2015 besos, 
2015 abrazos,
2015 canciones...
y no os olvidéis de sonreír.
Hay muchísimas canciones por descubrir.

4 comentarios:

  1. La Amalia que todos llevamos te da las gracias. Tus letras son canciones para ser leídas. Feliz 2015

    https://www.youtube.com/watch?v=F9IRwVyQAc0&feature=youtube_gdata_player

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    1. Gracias, Noelplebeyo.
      ¡Qué bonito mensaje! Y ¿cómo no, The Church? jaja,
      Graciassssss
      Un besazo

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  2. Tanta mudanza y me la habia perdido. M encanta.

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El arte de compartir reside en ofrecer aquello que posees; en este caso, me basta una de tus ideas o tus pensamientos. Una palabra. La mía es: GRACIAS