jueves, 12 de mayo de 2016

Pasen...

Fotografía: Estitxu Ortolaiz

-Pasen...
Y pasamos. Pasamos a una sala con un solo bolígrafo y muchos papeles. Las paredes parecía que caían sobre nosotros y había un silencio tan tenso como el filo de un cuchillo que ambos, y de diferente manera, sentíamos en la yugular. De no haberlo tenido, de no haberlo sentido, quizá no hubiéramos llegado a esta sala. Pero a veces sucede. Ni él ni yo éramos ya los mismos, distorsionados por el tiempo y los desencuentros, heridos por las mentiras y verdades, por la ruptura de proyectos comunes y sueños, por las palabras a destiempo y la frustración de no llegar a un acuerdo cuando lo que se necesita ante cualquier situación es comprensión. Aunque no nos guste lo que nos cuenten. Y así fue.

No, no había habido manera.

Unos años antes con un solo bolígrafo rubricábamos un comienzo y de nuevo ante la misma tesitura, firmamos un final tan denso como el sabor del fracaso y la amargura. Ni miradas, ni saludos, solo el proceso que nos requerían quienes habían tomado las riendas de nuestras vidas para esta fría situación, porque nosotros éramos incapaces de gestionarla en conjunto.
-Solo serán unos minutos.

No, jamás pensé que esto acabaría así.

En el primer café sonreías tanto... Te gustaba tanto lo que yo decía y me creías tan capaz de tanto bueno... Yo te admiraba. Eras alegre. Ese tipo de hombre que sabe hacer reír y te llena de buen rollo. No obstante nuestras peores caras se las vieron, al fin, por fin, en una sala con un bolígrafo, porque era impensable continuar alargando la agonía de una ruptura. Desprecios, broncas y problemas enanos convertidos en gigantes amenazadores.

-Pasen y firmen aquí y aquí.

¿Cómo habíamos llegado hasta ahí? ¿Murió primero el amor? ¿Tú? ¿Yo? ¿O los dos? ¿La culpa fue de otros, de las circunstancias o de nuestra incapacidad para quitarnos la venda y comprobar que hay veces que hay que darse de bruces con la realidad del camino elegido para confirmar que no era el correcto para nosotros como individuos? ¿Y qué debíamos hacer? ¿Apechugar con la decisión? ¿Continuar con la mentira? ¿O ser honestos con la verdad de nuestros sentimientos?

No, eso no es lo que ponía en el papel.

Ni en ninguno de los mensajes cruzados, ni en ninguna parte. Mis razones no eran las tuyas y mis sentimientos hacía mucho tiempo que habían dejado de ser importantes para ti, porque te obcecaste de tal forma en defender los tuyos, que me convertí en la desconocida mujer que aún recordaba cómo sabían tus labios o cuál era tu perfume favorito y el color de la camiseta de tu equipo, o la talla de tu pantalón.

En efecto, solo podíamos claudicar y firmar. Pasar, y firmar.

El último café que tomamos juntos fue un desastre. Ambos habíamos ido con idea de acercar posturas y no para hacer del final un abismo y... salió mal. La distancia aún se hizo más larga. ¿Por ti? ¿Por mí? ¿Porque ya no sabíamos a quién teníamos delante y cómo hablarnos? El caso es que solo dejaste claro que no me perdonarías jamás.

No, tampoco pensaba que el castigo duraría tantos años.

Pero a veces hay historias que salen mal y con las que tenemos que aprender a vivir.
Porque SÍ, porque nunca sabemos lo fuertes que somos hasta que no nos queda más remedio que serlo.

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Anoche leí esta frase: "la nostalgia funciona, pero a veces es una ciénaga". Es de Javier Caballero. Me enviaron un enlace para mostrarme su forma de escribir y me gustó esa frase a rabiar. El odio es mucho más sucio y turbio que la nostalgia, si bien es cierto que sentirla te puede llevar a un remolino muy profundo de tristeza, el odio es destructor y limitante porque no te deja avanzar de pantalla en este videojuego que es la vida.

Pasen y compartan...
De ahí nació esta historia. De las ganas de partirte la camisa y decir: "esto soy", "esto tengo", "¿necesitas entrar en un lugar donde haya rasguños para no sentirte tan miserable?" , "¿quieres que te preste un poco de la sangre de mis heridas?" o "¿crees que eres el único que la ha cagado o al único al que han fallado?", "¿solo contigo la vida ha sido injusta?".

Pasen... y abran la puerta los valientes que heridos no tienen vergüenza de mostrar su camino y elegir acompañar a otros en el suyo, porque a fin de cuentas, de eso, creo, que sigue tratando todo esto. De vivir y compartir. De reír y compartir, de llorar y compartir. De abrir la puerta y dejar entrar y cuando ya no quepa más o nos duela o nos condicione, dejar salir, para volver a compartir.

Juzgamos y detestamos sentirnos juzgados. Los motivos que mueven un corazón solo los puede entender uno mismo. No existe perdón posible sin esta comprensión previa del funcionamiento del mundo. Así que pasen... y compartan. Pasen, y sigan buscando la felicidad. Si existe el día del Juicio Final, no creo que en sus puertas nadie nos vaya a reprochar haber querido ser honestos con nosotros mismos. Las penitencias ya se pagan con los castigos que te impone la sociedad y las personas que no saben gestionar sus emociones, ni sus prejuicios.
He dicho.

En el Paraíso viviremos en pelotas, de piel y alma. Y aquí, hasta entonces, seguiremos vistiendo ropa, pero solo por no escandalizar al personal, que el alma en cueros está preciosa.

Y que suene Clocks, de Coldplay en versión de Buena Vista Social Club. Esta canción me transporta a ese lugar donde reside la belleza y el buen rollo y todo lo bueno. Que os ayude a viajar.

Besos a todos en este mayo florido.

pd: fotón de Estitxu Ortolaiz. Me encanta usar su trabajo para mis textos, y esta foto es tan, tan, que contiene tanto... Milesker Esti. Muxus!

y POSTDATA 2: Pasen y dejan las tonterías a un lado. En estas salas los malentendidos y las pequeñeces sobran, rebotan, salen escaldadas. Se habla en otra lengua.




2 comentarios:

  1. yo siempre he creido ir en pelotas toda la vida. Ahí las inclemencias se ceban

    Historias de ruptura dan paso a un sabor amargo que se tiene que dulcificar con el tiempo

    besos

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  2. Así es, Plebeyo. Tienen que... pero a veces también hay que aprender a vivir sin dulce. Y asumir que es un sabor del que carecerá esa historia.

    Besos, ganador.

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El arte de compartir reside en ofrecer aquello que posees; en este caso, me basta una de tus ideas o tus pensamientos. Una palabra. La mía es: GRACIAS